Cada grupo tuvo la tarea de agregarle un
inicio, un desenlace o un final generando así un nuevo cuento.
Natalia
Demasi
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Hola mi nombre es Mayco en unas vacaciones de
verano en la ciudad de Santa Rosa conocí al amor de mi vida.
Tenía un aire de intelectual, pacífica y
rodeada por un aura de belleza infinita que nunca había visto ni reconocido en
este inmenso universo.
Agradecí cuando nuestras bocas se unieron por
primera vez, provocando en mí un huracán de sensaciones y mariposas en la
panza. Nos pusimos de novios y todos los días nos encontrábamos en la misma
plaza llamada “El Rosedal” en donde hacía que cada momento que pasaba con ella
flotara entre la gran multitud.
“[…]-Pero un día me dejó.
-No te quiero más- me dijo, y se fue.
Suplique un poco, solo un poco, porque era
bueno. Después me puse a esperar la muerte sentado en un umbral.
Al cabo de un tiempo, aparecieron los celos.
Pensé que seguramente me había dejado por otro. Decidí averiguarlo.
Indagué a los amigos comunes, pero todos
afectaban un aire de trabajosa indiferencia.
Resolví seguirla. Pasaba las noches acechando
su puerta. Durante el día, me apostaba en la esquina de su trabajo. El
resultado de mis pesquisas fue nulo, Mi novia se desplazaba por circuitos
inocentes. Perdí mi empleo, mi salud y hasta mis amistades. Mi vida era una
perpetua vigilancia.
Pasaron largos meses sin que nada ocurriera.
Hasta que una noche la vi salir de su casa con aire decidido.” (FRAGMENTO II DEL TEXTO ORIGINAL)
AUTORAS:
Catalina
Araujo
Mara
Coenda
Vera
Aramburú
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“Tuve el presentimiento de que iba a
encontrarse con un hombre, tal vez porque estaba demasiado linda.
La seguí entre las sombras y vi que se detenía
en la esquina que yo conocía bien. Me escondí en un portal. Ella se detuvo y
esperó, esperó mucho.
Cerca de una hora después, apareció un hombre
alto, oscuro, soberbio. Algo familiar había en su paso. Ella intentó una
caricia, pero él la rechazó.
Inmediatamente comprendí que el hombre se
complacía en verla sufrir y amar al mismo tiempo. Se trataba de un sujeto
diabólico. Cada tanto, me llegaban ráfagas de una risa vulgar. No podía
concebirse un individuo más vil y detestable.
Caminaron. Tomaron un rumbo que no me
sorprendió.” (FRAGMENTO IV DEL TEXTO
ORIGINAL)
Ya que era uno de los caminos que tomábamos
cuando nos conocimos. Decidí poner manos a la obra y la seguí unas cuadras más.
Cuando se detuvieron agarré al individuo que la acompañaba por la espalda, pero
al darse vuelta vi que era uno de mis mejores amigos. Igualmente eso no fue un
impedimento para que le diera un puñete en el ojo. Lo dejé en el suelo y rompí
con ella yéndome lo más antes posible.
CONTINUARÁ…
AUTORES:
Francisco
Cismondi Bertoglio
Tomás
Taravella
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Desde chiquito tuve este don, pero nunca supe
cómo utilizarlo y sucedía de repente. La primera vez que esto me ocurrió fue al
enterarme de que mi madre había muerto en un trágico accidente causado por unos
jóvenes que aparentemente no estaban en su sano juicio.
El primer pensamiento que se me cruzó por la
cabeza fue que me hubiera gustado presenciar ese momento para advertirle a mi
madre y que jamás muriera. Comencé a agarrarme la cabeza y a levantar la
mirada, de repente estaba allí… en los minutos anteriores al accidente y pude
salvarla.
Esto me ocurría sólo en momentos de apuros.
Al cumplir 21 años conocí a Alai y desde ese
día no podíamos separarnos, teníamos un futuro planeado y todo parecía ir bien
hasta que entendí que lo mejor para ella era no haberme conocido. Le pedí que
nos encontráramos en la avenida en donde nos conocimos, y cuando llegué estaba
ella tan radiante y hermosa como siempre. Con todo el dolor en mi corazón me
despedí. Alai no comprendía porqué de repente no quería estar con ella y acabar
lo que habíamos empezado. Tampoco sabía que era yo quien tenía una enfermedad
terminal y que prefería que me recordara bien y tal como había sido siempre
antes de que me encontrase destruido y a punto de morir.
El tiempo corrió y aquí estoy, postrado en una
camilla, los médicos me había diagnosticado sólo dos días de vida. En lo único
que pensaba era en ella, y volvió a suceder. Aparecí allí en el momento justo
en que la había visto por primera vez.
“Al llegar a la luz de la avenida, pude ver que aquel hombre era yo. Yo mismo, pero antes.
Con el desdén cósmico que tanto me había costado borrar del alma, con la maldad de mis peores épocas. Con la impunidad de los necios.
No pude soportarlo, pensé en cruzar la calle y pegarme una trompada, pero me tuve miedo. Quise gritar, ordenarme a mí mismo dejar tranquilo a aquella muchacha. Pero el imperativo no tiene primera persona y no supe que decirme.
Se detuvieron un instante y pasé delante de ello. Ella no me vio. Yo sí me vi. Me miré con un gesto de advertencia.
Después los perdí de vista y me quedé llorando.” (FRAGMENTO IV DEL TEXTO ORIGINAL)
AUTORAS:
Julieta
Bono
Lourdes
Lorenzatti
Lucía
Monti